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Capítulo 4

El cumpleaños, la torta y las siete velas


 

—Hijos, no lo olviden. Hoy es el cumpleaños de Selena. Al mediodía nos reunimos todos en la terraza para festejar con ella. No se retrasen por favor —le dijo Dyna a sus hijos bien temprano antes que se vayan a trabajar al astillero. 

—¿Hay torta? —preguntó Artemios, el menor. 

—¿Cuándo nos faltó la torta? —respondió su madre sonriendo.

Era común festejar los cumpleaños. De hecho, solo en Egipto y en Grecia se celebraba el día del nacimiento, pero la torta era una tradición exclusiva de los griegos. 

Ese mediodía, la familia de Cosmo y Dyna se sentaron en la gran mesa debajo del viejo pino. El sol brillaba a pleno. El celeste del cielo se mostraba nítido. Sin nubes, sin calor. Selena estaba feliz. Desde que ella tuviera memoria, siempre festejaron su día. No era común esa fiesta. De hecho, sus hermanos no celebraban su cumpleaños. Pero Selena era la única y la tan buscada niña. Ella lo sabía y eso la hacía sentir orgullosa e importante. 

Su madre trajo la torta. Un enorme pastel redondo y blanco. El pastel era la representación de la luna. Artemisa, diosa griega de la caza, era también la protectora de las parturientas y representaba a la Luna. Artemisa protegía el parto y daba salud a la madre y al ser nacido. Por eso, el día del cumpleaños, se honraba a la diosa con un pastel circular representando la luna. Siete velas esperaban ser encendidas. Cosmo las encendió. Todos quedaron contemplando cómo esas velas se consumían con el fuego. Cuanto más demoraban en consumirse, más larga sería la vida del homenajeado. 

Por lo bajo, todos protestaban, pues el consumo de las velas llevaba mucho tiempo. “No sé por qué mamá le pone velas con cera tan dura” decían entre ellos. “Es como que Selena va a vivir miles de años…”. Siempre comentaban eso, año tras año y todos se reían. Selena sabía lo que comentaban y ella también reía.

—¡Seguro que voy a vivir mucho más tiempo que ustedes! —les decía entre risas. 

Finalizando el día, Kassos se acercó a su hermana.

—Felicidades. Has cumplido siete años. —Se acercó para hablarle casi en secreto en el oído de su hermana—. ¿Sabes que  el número 7 es un número que representa cambios? 

Selena lo miraba con expresión muy rara. ¿Qué me está diciendo? pensaba. Kassos continuó. 

—Dicen que el 7 tiene una virtud: es un número que realiza cosas. Por eso te voy a regalar algo para tu cumpleaños, algo que va a realizar un sueño tuyo. 

—Estás misterioso, Kassos, pero me gustan los misterios. ¡Dame ese regalo ahora!

—No, hoy no. Te lo voy a dar mañana por la mañana.

—¿Por qué tengo que esperar hasta mañana?

Kassos se alejó un poco para mirarla bien a los ojos y la tomó de los hombros.

—Prepárate. Vas a navegar por primera vez en tu vida.



 

Esa noche Selena se demoró en dormir. Estaba alterada por la excitación de la fiesta de su cumpleaños. Pero sobre todo, por la ansiedad y el temor. Salir a navegar con su hermano iba a ser el acontecimiento más trascendente de sus últimos años. Ella lo sentía como el más trascendental. Un sueño que se convertiría en realidad. Desde muy pequeña sintió pánico por el mar y por la navegación. Para no dar la imagen de una niña miedosa, rodeada de siete hermanos que vivían más tiempo en el mar que en tierra firme, nunca dio a conocer el pánico que le causaba subir a un barco. O simplemente nadar. 

 

Dyna se percató del pánico de su hija el día que Cosmo y uno de sus hermanos la invitaron a navegar. Selena, entonces con cinco años, caminó hacia la pasarela de embarque. Su andar era tranquilo pero cada paso que la acercaba a la embarcación, el pánico la oprimía cada vez más fuerte. Dyna, que estaba a su lado, la detuvo antes de subir. Inventó una excusa válida para impedir que Selena embarcara. Una vez que el barco de Cosmo se alejó del muelle, las dos se sentaron en la gran escalinata del puerto.

—No debes tener miedo, preciosa. 

—¿Por qué no? Me da mucho miedo —comenzó a temblar—, siento que el mar me va a tragar… que moriré ahogada…

—Calma… mira… observa a todos. Mira a los navegantes. Miles de ellos navegan todos los días,  durante meses… Mira a todos los niños como tú. Obsérvalos en la playa, niños y niñas jugando con las olas, riendo. Observa que el mar no se los lleva. Solo debes tener cuidado, pero nunca miedo…

Selena miraba hacia un punto fijo en el horizonte. Luego de escuchar a su madre, intentó ordenar sus pensamientos caóticos. Le habló en voz baja.

—Una vez… Hace muy poco, hubo un día que quise jugar en el mar con mis hermanos. Pero de repente me quedé quieta… No podía moverme… El agua me llegaba a la cintura  pero sentía que me ahogaba… ¡Pasé mucho miedo! ¡No podía respirar! —hizo una pausa, respiró muy hondo—. Fue Kassos el que se dio cuenta y me sacó del agua. Fue espantoso. 

Dyna recordó a Zoe. Las primeras palabras que Zoe le dijo, fueron “El mar me da miedo”. Su hija repetía la historia. También recordó a su padre, Nikolaos, muerto en su embarcación atrapado por un tifón. Quizás Selena revivía esa historia…

Abrazó a la niña y le susurró: “Tus padres te cuidan en todo momento… ¿Sabes qué me han dicho? Que serás la mejor navegante y nadadora que Grecia jamás haya conocido.” Selena vio el rostro de Dyna. Entonces supo que lo que decía era verdad.

 

Al poco tiempo, Selena comenzó a nadar junto a sus hermanos y realmente tenía una destreza magnífica. También era diferente a la hora de correr y escalar. Comenzó a dominar su cuerpo con los años, llegando a hacer movimientos acrobáticos. 

Pero no había tenido la oportunidad de navegar. Ahora sólo debía aguardar la mañana siguiente. Se durmió pensando cómo se vería su casa desde el mar…

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